Viajes que Cambiaron mi Vida: Decidir en Perú (3 de 4)

Cuando cumplí 31 años finalicé un ciclo de 4 años en todo el proceso de transformación que les vengo contando en los últimos dos artículos. Adaptarme a un cambio de país, de clima, de forma de convivencia, de trabajo, nuevos amigos (la mayoría no escogidos, sino destinados por azar)... Es decir, pasar de vivir en mi zona de confort a acampar totalmente fuera de ella. En ese año comenzaba a gozar de cierta estabilidad, a acostumbrarme a la rutina de vivir en La Montaña. Estaba tranquila.

Para que sirve la tranquilidad sino para agarrar el impulso necesario para empezar otro ciclo ¿cierto? Ese año había planeado un viaje solamente: visitar a mi familia en Venezuela por algunas semanas y volver a disfrutar del invierno en el sur (de la belleza del invierno, claro, del frío solo disfrutan los locos jejeje). Pero se presentó una oportunidad... Y hago un paréntesis para aquellos que piensan que el pero tiene una carga negativa... Las palabras tienen la carga que nuestros condicionamientos le dan. Para mi el "pero" representa "la alternativa a", "el otro lado de"... Tenía mis planes, claro, "pero por otra parte" se abría la puerta para ir a Machu Picchu, una expedición organizada nuevamente por CB Expeditions.

Tenía que decidir si iba a Venezuela o si iba a la expedición. Esto significaba perder el pasaje para ver a mi familia y a otros allegados (o debería decir otro) de quienes no voy a hablar en este post (mejor para algo de la serie Arquetipos del Amor) y esperar un año más para ir, enfrentando todos los apegos que eso implicaba.

A veces una decisión que te confronta no necesariamente significa que te haga dudar... De hecho, la decisión me costó 2 segundos. Voy a Machu Picchu, por supuesto... Y después me las vería con todo lo que eso traería. Sentimiento de culpa, organizar un presupuesto y sentirme a la deriva, también sed de aventura, emoción por lo nuevo y desconocido, aprovechar las oportunidades que la vida presenta...

Debo advertirles que en este post no hablaré del viaje en sí. A modo general, la ruta fue perfecta, la comida es asombrosa en cualquier parte, la atención es amabilísima, los lugares de poder impresionantes y claro que me quedaron ganas de volver.

Hoy les hablaré del viaje interno y citaré a Suryavan Solar, mi maestro, que no solo estuvo presente en este viaje, sino ha estado siempre presente en el camino irradiando su luz, para que un día podamos ver la nuestra.

"Viajo hacia afuera, viajo hacia adentro, no hay periferia y encuentro el centro." - Suryavan Solar

De Machu Picchu conocía lo básico, desde el punto de vista turístico. También había oído sobre los efectos del Pisco Sour, que desde que tengo uso de razón me avisaron que son potentes (no sé si es condicionamiento, pero hasta hoy sólo puedo tomarme dos de esos... El tercero y me convierto en historia). Mi mamá pasó parte de su luna de miel ahí. Incluso heredé una camisa que compró en aquellos días, la cual todavía conservo tanto por lo linda, como por el valor sentimental. Por supuesto la empaqué y la usé allá.

No solo la decisión me movió el piso. El grupo con el que viajaba en aquella oportunidad también me sacaba de mi zona de confort. Y es que el estar con personas que no conocía bien (o mejor dicho, no me conocían bien, porque era yo quien estaba hermética) me hacía sentir bastante insegura... De hecho aún me cuesta abrirme, pero tenerlo consciente apoya a lanzarse jeje; Por supuesto estaba tensa, retraída y hasta algo incómoda, por aquello del miedo a no lograr agradar a todos (la sensación es algo así como tener una sagitariana en cuarentena).

Así empezó el viaje, con toda esa mezcla de sensaciones, luchando para que mi estructura emocional pudiera soportar todo lo que venía junto con esa decisión: un cambio de destino.

Machu Picchu tiene una fuerza enorme. Del tipo que no puedes describir, que te deja sin palabras y te hace preguntarte qué es lo que realmente estamos haciendo aquí. De hecho estuve bastante callada durante el viaje. Intentando comprender lo que se despertaba internamente. Ver los registros de una civilización detenida en el tiempo, su reverencia hacia la naturaleza y su sabiduría tan vigente te hace preguntarte para dónde te está llevando cada paso que das y qué realmente estás dispuesto a construir... Con toda la responsabilidad que eso conlleva. Es un rescate profundo de nuestras raíces que despierta la intriga de saber cómo nos perdimos tanto. Sin duda, eleva nuestra aspiración, no la ambiciosa, sino la del alma.

Hasta antes de ese viaje, hacía las cosas que me tocaba hacer, tratando de ser "la mejor" en todo... ¿Cómo se puede ser la mejor en todo? ¡Pues no se puede! Es agotador y absurdo, pero eso lo entendí después... No me había encontrado aún con aquello de hacer lo que me corresponde (no lo que me toca), por misión y merecimiento, y una vez que se abre esa puerta, ya no la puedes ignorar.

Y lo que me correspondía hacer consistía en "Ver lo esencial que es invisible a los ojos" (parafraseando al principito), pero que está tan claro para el alma. Despertar la visión interna y externa, clara y objetiva, para apoyar a los demás. "Pero" para poder ver, tenía que dejarme ver. No podía continuar encerrada en mi mundo, escondiendo mis miedos, mis vulnerabilidades, deconectada de mis emociones... A partir de ese viaje mi cascarón comenzó a romperse... Se abrió la caja de Pandora, pues. El ego que es evidente se hacía sentir y el que es sutil, pues también se hizo notar. Pero también comenzó a revelarse la susceptibilidad y parte de la esencia... Esa sensación que te hace sentir aliviad@ aunque no sea del todo cómoda.

El encuentro con la misión no calzó como la zapatilla de cristal de la Cenicienta. De hecho, no podría haber sido así, ni siquiera es mi historia favorita. Me identifico más con la Bella y la Bestia, el arquetipo Venus Plutón (otro tema para la serie Arquetipos del Amor, vamos tomando nota), la transformación total a través de las relaciones, el anhelo de fundirse con el otro y de no estar más separado. Costó (y demanda todavía), dedicación, trabajo interno, entrega y madurez... A veces más, a veces menos, sobre todo porque somos nosotros los que estamos divididos internamente, y es nuestra mayor necesidad integrarnos.

En fin. Conocer tu misión no implica necesariamente poder cumplirla de inmediato, necesita maduración. Es como una relación, en cuanto más se profundiza en ella, más intimidad hay, más verdadera se torna.

Todos somos un diamante, y vinimos a brillar. Pero para brillar, debemos aprender a ser lunas, dejarnos irradiar y no tener miedo de nuestras fases más oscuras, porque el sol continuará allí. Hasta que podamos ser una estrella y quien sabe, un día, un sol.

Hoy estoy cerca de cumplir 33, el ciclo de estos 4 años está por la mitad... Podría dar vuelta a atrás o salirme por la tangente... Pero hace dos años decidí cambiar mi destino, aceptar mi misión y permitir que esta me transforme, aún con miedo a caer, pero con la certeza de que hay una red de apoyo que me sujete, porque también acepté a mi tribu ,que es lo que me sostiene, fortaleciendo mi círculo de confianza, que es lo que me contiene. No por casualidad esa decisión se manifestó antes de visitar los recuerdos de una tribu solar. Quizás la memoria se mantuvo en el tiempo solo para inspirarnos a recordar de dónde venimos y adónde vamos. El maestro escoge la ruta y los discípulos le siguen... Él sabe...

"Vengo del Sol y voy al Sol" - Suryavan Solar.

Love,

Yaramtia

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